Más allá de los residuos: glocales, distribuidos y situados

Columna de opinión escrita por Carmen Martin y Danisa Peric del FabLab U. de Chile

Está claro que la actual crisis socio ambiental  exige impulsar transformaciones profundas que nos permitan volver a adecuar nuestro modo de vida dentro de los límites planetarios[1]. En este contexto, la Economía Circular se ha instalado como una fórmula para resolver nuestros problemas, pero  se está expresando como una ilusión para mantener el alto consumo respaldado por un menor impacto. Circularizar la materia no es suficiente: necesitamos nuevos paradigmas que nos permitan transitar de la mitigación a la regeneración social y medioambiental.

En los últimos 200 años nos hemos habituado a vivir desconectados de todo lo demás, como si constituyéramos un sistema ajeno al resto de los ecosistemas. En esta ilusión de autonomía e independencia, los demás agentes (no humanos) sobreviven dominados, subordinados y utilitarios en función de nuestros propios deseos: un árbol es madera; una roca es metal; una manzana, comida. Pero un árbol es madera al mismo tiempo que refugio, alimento, protección, capturador de carbono y productor de oxígeno. En colaboración con una extensa red de hongos micorrícicos, intercambia nutrientes con otros árboles. Se trata de un sistema resiliente, horizontal y cooperativo.

Las consecuencias de nuestra cultura de híper consumo, hacen que el modelo productivo globalizado esté en crisis. La Economía Circular se ha planteado como una solución global a esta crisis, y  como una fórmula rentable que podría alcanzar un valor próximo al billón de dólares a corto plazo[2]. Estrategias de circularidad (como la disminución del uso de materiales y energía no renovable, simbiosis industrial entre empresas y la servitización) han permitido a las empresas rentabilizar procesos y aumentar sus ventas[3]. Pero los resultados, hasta el momento, están lejos de la promesa de la regeneración. Se ha centrado, paradójicamente, en una idea de “eficiencia” donde sería posible generar un bucle infinito del uso de recursos, cuestión que va en contra de la segunda ley de la termodinámica.

Es probable que el problema no sea el concepto de circularidad en sí mismo, sino que radicaría en lo que se está haciendo circular: “los modelos de negocio circulares tienen como objetivo reducir costos, aumentar los ingresos y gestionar riesgos (Fundación Ellen MacArthur, 2020).

Innovaciones catalizadoras

Ezio Manzini, en Cuando todos diseñan (2015) a propósito de Lo pequeño es hermoso (1973) de Ernest Schumacher, reconoce que “lo pequeño, a lo que Schumacher hacía referencia, era realmente pequeño y tenía escasas posibilidades de influir a una escala mayor, y lo local, era demasiado local porque se mantenía aislado de otras comunidades”. Lo que Schumacher planteaba era imposible en esos años. Sin embargo, “el contexto hoy, es sorprendentemente distinto, porque– gracias a las tecnologías– lo pequeño puede influir como parte de una red global más grande y lo local queda abierto a los flujos globales”. Esto es extrapolable a las iniciativas que están brotando actualmente en los bordes del sistema.

Durante la pandemia del COVID19, se articularon redes de diseño y manufactura lideradas por FabLabs (Laboratorios de Fabricación[4] ) en conjunto con el estado, la sociedad civil y la industria, para desarrollar colaborativamente soluciones médicas de Código Abierto y materializarlas utilizando infraestructura tecnológica local distribuida, logrando transferir millones de Elementos de Protección Personal (EPP) a profesionales de la salud. A nivel local, la Asociación de Fabricantes por la Emergencia Sanitaria desarrolló y transfirió diversos productos y dispositivos a hospitales nacionales, diseñó protocolos y métodos de colaboración orientados a generar y evaluar diseños adaptados a la realidad local y del mayor estándar. Por primera vez en Chile colaboraron radical y ágilmente diversos actores del área de la salud, la innovación y la manufactura por un procomún.

Estas experiencias se enmarcan dentro de la iniciativa FabCity[5], que propone una transición desde el actual sistema productivo lineal hacia un “ecosistema de innovación espiral” donde utilizando infraestructura y materiales locales las comunidades[6] produzcan lo que necesitan, con justeza. De esta manera, son los bits (archivos, información, conocimiento) los que circulan alrededor del mundo, pero los  átomos (bienes, productos) se mantienen locales.

Nuevos escenarios:

Estas prácticas pueden iluminar un camino para instalar  modelos productivos alternativos:

-Distribuidos y no centralizados: escala de la producción en pequeños nodos que operan en red.

-Digitales y en red: una cultura del hacer en las ciudades que diluyen la dualidad productor-consumidor.

-Combinar lo global y lo local: Información digital compartida a través de plataformas colaborativas.

¿Es esto una utopía? Si logramos abrazar la diversidad, gestionar la colaboración y concebir el conocimiento como un bien público, quizás veamos con mayor claridad futuros viables en el ámbito productivo.

 

[1] https://www.anthropocene.info/planetary-boundaries.php

[2] “La ventaja Circular”, 2013

[3] https://ellenmacarthurfoundation.org/es/como-crea-valor-la-economia-circular

[4] Mas información en https://fablabs.io/

[5] Más información en https://fab.city/

[6] https://www.oneearth.org/bioregions-2020/